El recuerdo de los muertos se aferra a los lugares más extraños. El de Ariel se me quedó atrapado en una calle llena de mezquites, donde una vez me dijo que las flores amarillas que los adornaban eran, en realidad, una plaga. Según él, aquello tan bonito que colgaba de las ramas estaba robándoles el sustento y matándolos lentamente. Lo dijo con tal seguridad que lo creí durante años. Me parecía terrible y fascinante que algo tan hermoso pudiera ser también una enfermedad.
Después de su muerte, descubrí que estaba equivocado. Las flores amarillas siempre pertenecieron al árbol. La verdadera plaga es otra: una maraña de hilos naranja, sin hojas, sin tierra y sin raíz, que drena la vida del tronco.
De haber sido cierta la sentencia de Ariel, a estas alturas el árbol ya sería madera seca, pero sigue floreciendo. Quizá por eso, cada que camino por ahí, no puedo evitar que me asalte el mismo pensamiento monstruoso: los mezquites siguen vivos, pero Ariel ya no.
Dicen que el duelo es el amor que no tiene a dónde ir. Yo encarno esa idea por completo. Hoy, en su cumpleaños, ese amor estancado se convierte en un dolor que no puedo contener. Es difícil porque, además, existe una distancia que la gente toma frente al sufrimiento absoluto; hay un límite de días en el que se te permite estar rota antes de que tu tristeza empiece a incomodar. Yo crucé esa frontera hace tiempo. Mi pena está hecha de madera de mezquite: es dura, pesada y se niega a desgastarse. El peso combinado del muerto y de una misma resulta, sin duda, una carga difícil de llevar.
Quizá no sea el momento adecuado… (It might not be the right time )
La primera vez que celebramos su cumpleaños terminamos en una cantina. El destino nos rodeaba como el humo de los cigarros: espeso, lento, inevitable. Todo en nosotros estaba a punto de suceder.
En física, a eso se le llama energía potencial: la tensión acumulada en un sistema que solo aguarda un cambio de posición para transformarse en movimiento. Pero la muerte destruyó esa inminencia.
Durante meses viví en una negación extraña. Me atormentaba pensar en las versiones de nosotros que nunca ocurrieron, las peleas estúpidas, la rutina, la ternura, el sexo. El descubrir, lentamente, cómo nos habríamos decepcionado; o quizá todo lo contrario: confirmar que él era el único lugar del mundo donde yo no me sentía una extraña.
Lo más cruel fue descubrir demasiado tarde cuánto lo amaba. Habría aceptado cualquier respuesta del futuro, incluso el desamor, con tal de que no fuera esta ausencia. Cómo me hubiera gustado que nuestra vida juntos fuera tan larga y abundante como esa cabellera suya.
Quizá yo no sea la indicada… (I might not be the right one)
Pensé que yo ya entendía la muerte bien. Ariel no fue mi primer difunto, ni siquiera el primero al que había amado. Pero con él, la pérdida se reveló como algo absoluto. Porque además, falleció de una forma brutalmente irónica; sin épica y sin avisar. Pienso en eso y siento una rabia animal, porque alguien con esa hambre de vivir merecía existir más tiempo, o al menos una muerte mejor.
Hay algo particularmente cruel en sobrevivir a una persona que amaba el mundo más que tú. El duelo se mezcla con una especie de vergüenza. Como si el oxígeno se estuviera desperdiciando en el cuerpo equivocado. En el desierto, el mezquite resiste mientras todo lo demás se seca. Yo soy esa injusticia de la naturaleza; el árbol necio que sigue robándole agua a la tierra mientras la vida que anhelaba florecer fue talada de un golpe.
Te extrañaré más que a nadie en mi vida… (I’ll miss you more than anyone in my life )
No existen palabras que ayuden ni filosofía que valga cuando lo que sientes en el pecho no es simplemente desconsuelo, sino un agujero negro que se devora a sí mismo. Así como el mezquite hunde sus raíces hasta encontrar agua en la oscuridad más profunda, yo escarbo frenéticamente en mi memoria en busca de cualquier rastro de Ariel. Hay días en los que su ausencia se siente tan inmensa que seguir respirando me resulta obsceno. Su cumpleaños me vuelve profundamente suicida.
A veces, en lo más oscuro de la noche, deseo con todas mis fuerzas que venga por mí, que me saque de este simulacro de vida y me deje descansar en ese hueco, a su lado. La aflicción se vuelve una forma de fidelidad. Me aferro a ella con uñas y dientes porque es el último hilo que me amarra a su corazón; saboteo mi propia felicidad por el pánico de que, si dejo de sufrir, él se termine de morir.
Y por eso entiendo lo espantoso que debe ser intentar amarme ahora. Amar a alguien como yo implica saber que una parte de la mujer que añoras sigue acostada, mentalmente, junto a una tumba. Porque la verdad es que voy a extrañarle —amarle— más que a nadie en mi vida. Y eso es profundamente injusto para los vivos, porque, seamos sinceros, no se le puede ganar a un muerto.
Te amo más que a nadie en mi vida… (I love you more than anyone in my life)
Ariel se equivocó con la botánica, pero de alguna manera su error se convirtió en mi decreto. Él creía que lo más hermoso del mezquite era también aquello que terminaría por matarlo. Y esa es la definición exacta de mi amor por él.
Amar a un muerto es antinatural, pero profundamente humano. El mezquite suelta la semilla para sobrevivir; yo, en cambio, he decidido quedarme con mis flores muertas. Este amor (o más bien este duelo) es mi flor naranja: lo más bello que tengo y lo que, poco a poco, me aniquila por dentro. Sin duda, lo extraño más que a nadie en mi vida.
¡Feliz cumpleaños, Ariel! Dondequiera que estés.
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Caronte: Hay realidades que solo se ven desde los márgenes. Caronte las recoge y las transforma en crónicas de papel y tinta. Su brújula no busca el norte, sino lo común; su balsa no busca el puerto, sino el cuestionamiento. La única moneda válida de peaje es la curiosidad. Aquí se navega con la intención de llegar, juntos, al otro lado.
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