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25 de octubre 2026
por Dr. David Fialkoff, Editor
Hace tres semanas, hacia las diez de la noche, noté unas luces rojas y azules que destellaban frente a la casa. La ventana de mi oficina enmarca una vista tranquila y vagamente japonesa, un montaje de plantas, bambú cortado y fragmentos de intrincada mampostería que solo imperfectamente me resguardan de la calle.
Cuando levanté la vista del trabajo, la ventana llevaba varias horas cerrada, no por el fresco de la noche, sino en un intento de amortiguar la música ranchera que atronaba desde el patio de mi vecino de enfrente, intento que fracasaba casi por completo.
Mi "compañera de casa", que vive en su propio departamento del piso de arriba y ha soportado estos asaltos musicales varias veces por semana durante más de cinco años, lo lleva con filosofía. Insiste en que nuestro ofensivo vecino, F., por ser un alcohólico solitario, es a la vez incapaz de preocuparse por los demás y merecedor de nuestra compasión. No estoy seguro de que ambas conclusiones puedan ir juntas, pero ella me ha dado un sabio consejo: "No te enfermes por esto".
Desde que me instalé en julio, he probado distintos caminos. Ofrecí amistad, con la esperanza de que la camaradería lo volviera un poco más considerado. No es un personaje carente de interés. Después de treinta años en Chicago, su inglés es muy bueno y le gusta practicarlo conmigo. Quizá la amistad haya servido de algo. Quizá no.
Como en su conversación asoma a veces Dios, intenté explicarle que, en lo espiritual y en lo bíblico, es importante llevarse bien con los vecinos. Ante esto, furioso con el mundo, escupió: "Me robaron el perro. Me robaron el gato. Me robaron el gallo. ¿Por qué habría de ser amable con ellos?". Los asaltos musicales de F. son un dedo medio desafiante dirigido al vecindario y, más allá, a la vida misma.
Probé también el argumento médico, señalándole (más de una vez) que la exposición prolongada a ese volumen acabará arruinándole el oído. En esto F. está de acuerdo, y me cuenta que el proceso ya comenzó. Es difícil hacerse amigo, o razonar, con alguien que se está bebiendo hasta la muerte.
Estas violaciones sonoras son bastante malas por las tardes (como se acuesta tarde, rara vez se le ve antes de las dos). Pero son mucho peores, insoportables, y no pocas veces se prolongan más allá de la medianoche. Entonces yo me voy a dormir tras la puerta de mi recámara trasera, con los oídos tapados. Mi compañera de arriba, mucho más noctámbula y con la recámara en el frente de su departamento, me dice que la música sigue con frecuencia hasta las dos o las tres de la mañana.
Pero lo peor de todo, lo más estruendoso, ocurre cuando F. está afuera trabajando en el jardín o sentado bebiendo cerveza y entablando breves intercambios con los vecinos que pasan. Aunque es escandalosamente confianzudo, el hombre está loco, y nadie quiere tener mucho que ver con él.
Lo peor de lo peor es cuando, más borracho que de costumbre, saca la bocina a la calle y la apunta directamente a la ventana de mi oficina. Así era aquella noche, y llevaba siéndolo cuatro o cinco horas, a las diez, cuando las luces rojas y azules empezaron a destellar en mi ventana.
La ranchera es música de fiesta, de mucha energía, rebosa de emoción, el vocalista lanza de cuando en cuando gritos de exuberancia sin palabras, lo que en el norte llaman "hoots and hollers". Por suerte, mi español no es lo bastante bueno como para que me veas obligado a entender las letras. Pero aun sin la distracción añadida de la comprensión, horas de música de fiesta sin fiesta son una tortura.
Y además es profundamente extraño y patético presenciar a un borracho solitario, afuera, rodeado de latas de cerveza vacías esparcidas por el suelo, sentado en un torbellino sonoro de celebración simulada.
Sé que México es ruidoso, que el país vive a todo volumen. Pero uno no espera que sea justo al otro lado de la calle, al menos no con regularidad.
Yo mismo no llamo a las autoridades porque temo que mi acento me delate y que el funcionario que acuda le diga a F.: "Un gringo se quejó".
Además, meter a las autoridades no es mi estilo. Incluso en Estados Unidos, llamar a la policía es casi siempre un error. La otra parte puede tener la culpa, pero tú también eres culpable, culpable de no saber arreglar tus propios asuntos.
Tengo muy presente la advertencia de Bob Dylan sobre la policía mexicana: "When you're lost in Juarez... If you're looking to get silly / you better go back to from where it is you came / because the cops they don't need you / and man they expect the same."
Sin embargo, hace tres semanas, a las diez de la noche, aquellas luces azules y rojas, y el hecho de que de pronto se apagara la música de F., me dijeron que alguien había llamado a las autoridades. Pero, para mi gran decepción, sin duda por haber aceptado un soborno, cinco minutos después de que se fueron la música de F. volvía a tronar.
Entonces, para mi inexpresable deleite, esa misma noche quien hubiera llamado debió de llamar otra vez, porque regresaron. Y esta vez le impusieron a mi ruidoso vecino una multa de 10,880 pesos. F. volvió de sus treinta años en Estados Unidos con un buen capital. Aun así, es mucho dinero por una noche de diversión.
Después de eso, durante un par de semanas, F. se portó bien: ponía su música menos seguido, por menos tiempo y con menos volumen. En los últimos diez días las cosas han empeorado un poco. Pero, envalentonados por nuestro reciente triunfo, presintiendo la victoria cercana y ahora constituidos en liga, los vecinos hemos llamado a las autoridades varias veces por ofensas que antes habríamos tolerado. En tres ocasiones han llegado la policía, Ecología o ambas, pero el ruido cesa solo mientras dura la visita. Aceptaran o no un soborno, no han impuesto otra multa. Y creo que hará falta que F. pierda por lo menos otros 11,000 pesos antes de que vea la luz.
Con el cerebro en escabeche por el alcohol, al día siguiente de una de sus recientes juergas, F. me dijo: "Estaba bien borracho. Me tomé dos litros de cerveza y luego tres six packs. Soy un pendejo". Como dicen en Nueva Orleans, "true that" ("es la pura verdad"). A veces lo es de veras.
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Dr. David Fialkoff ejerció la homeopatía y la medicina natural como médico naturópata titulado durante 25 años. Ahora se dedica a sanar a la sociedad: construyendo comunidad y fortaleciendo la economía local mediante el fomento de un internet local. "Facebook y Google ganan su dinero vendiendo anuncios junto a nuestro contenido. Nosotros podemos crear nuestra propia red social y nuestro propio motor de búsqueda para nuestra propia comunidad local, y mantener las ganancias circulando aquí en San Miguel".
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