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Novela premiada - José construye una mujer
Primera parte, capítulos 20 y 21

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7 de junio 2026

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por Jan Baross

CAPÍTULO VEINTE

Miguel guía mi estómago de embarazada, hinchado como madera mojada, hacia sus puertas talladas en la entrada de la iglesia. Sus ojos críticos examinan su versión del Cielo tallada a la izquierda, su Infierno a la derecha. El Cielo es de perfecta simetría, con santos barbudos en túnicas cuadradas. Tienen las manos juntas, los ojos alzados al cielo, los rostros rígidos de redención. Pero me atrae el Infierno. Se parece más a mi vida: fluido de figuras atormentadas, bordeado por los irredimibles, un monumento tosco a los malditos.

Siempre he odiado la Iglesia de la Virgen de Miguel. Dorada y afiligranada, de pared a techo: altares, bancas, hornacinas. Prefiero la sencillez de mi vieja iglesia blanca en El Pulpo, con una sola cruz de plata sobre un altar pálido, un jarrón de flores. Al menos allí, si tenía un problema que tratar, Dios podía encontrarme.

Miguel y yo caminamos por el pasillo entre miradas de rencor, abucheos y silbidos de los aldeanos en sus bancas. Miguel está acostumbrado a ser un paria y es ajeno a todo salvo a mi vientre. Después de nueve meses, yo debería estar acostumbrada a ambas cosas. Hice todo lo posible, buceando una y otra vez en busca de caracoles. Pero sin la ayuda de Gabito, era inútil.

Rosa finge que cubrir a su nueva hija, Rosita, con su rebozo le exige toda la concentración del mundo. No puede tomarse un momento para saludarme. A su lado, la tía Patina mece a su bebé recién bautizada, la Gloria de ojos grises. Fecunda está demasiado ocupada amamantando a su última, Pilar, una bebé tiesa con nombre de sal. El señor Domingo sostiene a Albino y me mira con una sonrisa paciente. Mimosa entretiene a su bebé patizambo, Poncho, con su collar de caracoles esmeralda.

De esta gente he aprendido la ecuación de la vida en Las Mujeres: sin caracoles = sin riqueza = sin amistad.

El pequeño José chapotea dentro de mi vientre, desatando un monzón de gases. Estoy tan harta de ser ignorada que tengo ganas de tirarme un pedo en voz alta. Al pasar junto a la alcaldesa Perfecciona, me dejo ir, fuerte y agudo. El sonido se cuela hasta las sombras más lejanas de la iglesia. La cara de Miguel se pone colorada como la sotana de un obispo, pero la alcaldesa Perfecciona sigue sin volverse hacia mí.
"¿Fue usted, señora Perfecciona?" digo.

Miguel me empuja hacia nuestro banco en la primera fila, donde los malditos están más cerca de Dios. Nos sentamos solos, salvo por Olivita, la leprosa envuelta en tela, al final. El barril de mi cuerpo se deposita sobre un gordo cojín amarillo que Miguel mandó coser a la costurera. Mis posaderas se extienden sobre las flores bordadas con el delicado eslogan rosa: "Trasero de mi esposa".

En el altar mayor hay letras rojas incrustadas, un pensamiento satisfecho flotando sobre la Virgen que talló Miguel: "PERME REGES REGNANT, Por Mí Reinan los Reyes". Los dedos de la Virgen están alzados como si todo sufrimiento se aliviara con un pequeño gesto. Los serenos ojos azules de la Virgen parecen apenas conscientes de los clavos en las palmas encostradas de su hijo. Él cuelga en la hornacina de la izquierda, la corona de espinas aferrada a su frente. Los huesos rotos de sus pies están clavados debajo de él. Si ella no pudo ayudar a su propio hijo, ¿qué puede hacer por mí?

Detrás de nosotros, el señor Domingo se inclina hacia adelante en su banca.
"¿Cómo se siente hoy, señora Svendik?" dice el señor Domingo.
Fecunda le da una patada. Miguel pone el brazo alrededor de mi hombro y se vuelve con orgullo.
"El Ermitaño echó los huesos y dijo que mi hijo llegará en menos de una semana".
"Felicidades", dice el señor Domingo.
Cuando se recuesta, Fecunda le silba furiosa.

Apoyo el descontento de mi espalda contra la banca. Mi vientre es tan grande que no puedo verme las uñas de los pies. No hay dicha materna en estar hinchada. José se esfuerza y da vueltas como un pez atrapado en el líquido vaporoso de mi estómago.

El padre Monástico hojea su Biblia y los aldeanos guardan silencio. Dejó caer los párpados en posición de siesta para el sermón. En lugar de venas flotando en la oscuridad, veo el rostro de José, rojo y arrugado por mis fluidos. Toca la pared de mi vientre.
"¿Es la hora, mamá?"
Sus dedos palpan la curva de mi vientre.
"Nunca es un buen momento para nacer", le digo en silencio a José. "Este sería un momento particularmente malo. ¿Por qué lo preguntas?"
Las manos de José se aferran al borde del abismo prenatal.
"¡Mamá, algo está cambiando aquí adentro!"

El sudor empapa mi vestido blanco de maternidad hasta volverlo transparente.
"¡Ahora no, José! ¡Estoy en la iglesia!" digo.
Miguel levanta la mano de mi hombro humeante y se la limpia en el pantalón.
"Tortugina, ¿qué te pasa?"

Sin previo aviso ni dolor, una pálida catarata se derrama entre mis piernas. Aprieto los muslos, pero el líquido empapa el cojín y gotea desde la banca hasta el suelo.
"Señor, te damos gracias", lee el padre Monástico, "por las bendiciones de las estrellas y el mar…"
"¡Ayuda!" grito. "¡Rompí la fuente!"
El padre Monástico levanta la vista de las páginas secas de la Biblia.
"¡Madre de Dios!" dice el padre Monástico.
Me cubro la entrepierna con las manos. El tembloroso padre se persigna.
"¡Padre Monástico, mi esposa necesita al médico!" grita Miguel.
Poco acostumbrado a mirar entre las piernas de una mujer, el padre Monástico agarra los hombros de un monaguillo. "¿Dónde está el médico?"
"Está atendiendo el parto de una ternera en casa del tullido", dice el monaguillo.

Un calambre terrible me retuerce el vientre, peor que una intoxicación. Un fragmento dentado de dolor me atraviesa la espalda. Miguel Svendik se arrodilló a mi lado y bajó mi espalda rígida hasta las tablas secas del suelo. Con cuidado coloca el cojín del Trasero de mi Esposa, empapado de plumón de ganso, bajo mi cabeza.

Bajo la mirada de la Virgen somos un nacimiento mojado, no tan distinto de su propia emergencia en el pesebre. Más consuelo debería emanar de sus ojos pintados. Me doblo y ruedo el dolor de un lado a otro. Fecunda aparece de repente con las manos en mis rodillas.
"Ay, prima", susurra. "Quédate quieta. Con un parto en la iglesia, todas las traiciones quedan perdonadas".
Levanta la cabeza y grita hacia el fondo de la iglesia.
"¡Señora Comadrona! ¡Traiga sus viejos huesos hasta aquí! ¡Mi prima está pariendo!"

El suelo cruje cuando los aldeanos se ponen de pie y corean: "¡Señora Comadrona!" Sus voces animan a la anciana a avanzar. Sus piernas flacas de cigüeña aletean doblando la esquina de nuestra banca. Sus bolsillos de cuero están llenos de piedritas, una por cada niño que ha traído al mundo en los últimos cincuenta años. Mientras se agacha entre mis piernas, las rodillas de la señora Comadrona truenan como petardos. Cloqueando para sí misma: "¡Uno nuevo. Uno nuevo!"
Extiende su rebozo sobre mis piernas dobladas y me quita la ropa interior mojada.
"¡Traigan agua y vino!" grita la señora Comadrona. "¡Agua y vino!"

Detrás de las espaldas encorvadas de la señora, Fecunda cuchichea con Rosa, Mimosa y la tía Patina. Los monaguillos, borrachos con la sangre de Cristo, no se mueven. Pero Rosa, Mimosa y la tía Patina saben adónde ir.

Otro calambre doloroso, peor, me desgarra. Los diminutos dedos de José se abren camino por el revestimiento gelatinoso.
"¡Ay, ay, ay, mamá!" dice José. "¡Tengo miedo!"
"¡Sal de aquí, cobardica. Me estás matando!"

Oleadas de calambres arrastran el dolor como una tormenta. Encima de mí, Miguel mastica su pañuelo manchado. De repente el dolor retrocede como una marea menguante. Todos los músculos se aflojan, libres de servicio por unos minutos.
Mi cabeza cae de lado, mi mejilla descansa contra el suelo frío.

Un gato amarillo camina bajo la banca polvorienta, seguido de tres gatitos naranjas. Su pelaje está teñido de rojo por los vidrios de colores de la ventana. El último gatito chilla cuando un niño le pisa la cola.

Mimosa deposita un gran cuenco de agua junto a la señora Comadrona. La anciana toma la botella de vino de manos de Rosa y da un largo trago. El resto lo vierte sobre mi monte de venus. Los músculos de mi estómago y mi espalda están tensos hasta el hueso. José debe de ser tan grande como un ternero. Si tan solo la pequeña abertura entre mis piernas fuera una puerta con un simple pestillo.

La señora Comadrona amasa mi vientre con las palmas.
"¡Puja!"
José se mueve para escapar, un pez remando furiosamente contra la corriente. Mis oídos están llenos del latido de su sangre. Tenso todos los músculos para empujarlo hacia el mundo.
"¡Ya no eres un huésped bienvenido, José!" digo. "¡Fuera! ¡Fuera!"
"¡Puja!" dice la señora Comadrona.
"¡Estoy pujando!" grito.
La cabeza de José avanza en mi matriz. Los dedos secos de la anciana me dilatan.
"¡Mamá!" dice José. "¡Dile que me deje en paz!"
"Ay, qué rápido viene", dice la señora Comadrona. "Nunca había visto a un niño venir tan rápido. El siguiente será como escupir".

Me moriría ahora mismo si creyera que hay más de esto por venir.
"Unos pocos pujos más y estará aquí. ¡Puja!"
No me quedan músculos que tensar. Le enseñe los dientes para demostrar que estoy trabajando.
"¡Puja más fuerte, holgazana!"
Si estuviera pariendo por la nariz, no podría ser más doloroso.
"¡Ya casi está!" dice. "¡Denme un trapo para recibirlo!"
Miguel se quita su camisa blanca bordada y la deja caer en el regazo de la señora.
"Mamá", dice José, "¿qué hago ahora?"
"¡Sigue el agua, José!" grito. "¡Sigue el agua!"
"¡Mi cabeza está en un torno!" dice José.
"¡Sal ahora mismo o te haré desear no haber nacido!"
"¡Puja!" grita la vieja señora.
"¡Cállese, vieja bruja!"
"¡PUJA!"

Mis músculos aprietan los huesos blandos del cráneo de José. Su cabeza resbaladiza se desliza lentamente hacia afuera contra la carne que se desgarra. Nos hacemos daño el uno al otro por primera vez.
El dolor hace imposible respirar. Su cabeza rompe paso. Hombros, estómago, trasero, piernas de goma. Lo último en nadar hacia afuera son sus diminutos dedos de los pies, que se sienten como un hilillo. La señora Comadrona acuna a José en la camisa blanca de Miguel, como una de sus preciadas piedras del río.

Olivita la leprosa mira por encima de su nariz hundida a mi bebé perfectamente formado. Fecunda, Rosa, Mimosa y la tía Patina pasan la botella de vino con lágrimas de alegría.

La vieja señora lame los ojos de José para limpiarlos y mete un dedo en su boca para expulsar cualquier mal que haya chupado de mí. Ha de haber bastante.
"¡Mamá!" chilla José cuando la señora hace un nudo y corta el cordón umbilical con su viejo cuchillo de pescador.
La sangre salpica su viejo rostro y el pecho de Miguel Svendik. José agita sus diminutos puños en el aire.
"¡Mamá!" grita José. "¡La vieja me cortó el pene!"
Estoy demasiado agotada para explicar.
"Tienes otro", susurró.

"¡Tortugina, es hermoso!" dice Gabito.
Gabito, con charreteras doradas, flota a mi lado y me besa la mejilla. Rompo a llorar.
"Gabito, bastardo", le digo en silencio. "¿Sin una palabra en casi nueve meses?"
El cabello oscuro, peinado; parece descansado y casi normal.
"Perdóname", dice Gabito. "Lamento haber tardado tanto en perdonar. Que el nacimiento de José sea también un nuevo nacimiento para nosotros".
Estoy demasiado cansada para pelear. Su voz invisible es suave, quebrada de añoranza.

Miguel pasa a través de Gabito y recoge a José, envuelto en la camisa ensangrentada.
"¡Qué pulmones!" dice Miguel. "¡Escuchen a mi hijo! ¡Escuchen a mi hijo, todos!"
"¡Mi hijo!" dice Gabito.
"¡Nuestro hijo!" digo en voz alta a quien quiera que escuche.

Miguel alza a José en el aire. Los aldeanos pueden ver el cuerpo perfecto de mi hijo, la promesa de su virilidad, el cordón umbilical flácido y manchado de sangre chorreando líquidos rosados sobre el pecho desnudo de Miguel Svendik.
"Este es el día más feliz de mi vida, Tortugina", susurra Gabito, y su aliento me roza el oído.
"¡Este es el día más feliz de mi vida!" grita Miguel. "¡Que este nacimiento les recuerde templar su ira contra mi esposa sin caracoles. Vengan a la taberna, que yo invito!"
Los aldeanos vitorean felices por el nuevo bebé y más fuerte aún por el vino.

El padre Monástico espera a que bajen a José y hace la señal de la cruz sobre los diminutos miembros. "Este niño es un hijo nacido en la iglesia el día de la Virgen. Ningún niño puede ser más bendecido".
José estira el brazo y agarra el dedo del viejo padre. El padre y José gorjean al unísono.

La señora Comadrona empuja una vez más sobre mi vientre. Sale deslizándose una masa translúcida rojiza y parduzca de lados resbaladizos. La deja caer en el cuenco de agua clara.
"La placenta nos dirá la fortuna del niño", dice. "Luego hay que enterrarla bajo un árbol y observar cómo crece la planta".
El padre Monástico mira la masa flotante y aplaude. "¡Parece una iglesia! El niño entrará en el sacerdocio".
La sonrisa cansada de Miguel se convierte en ceño. "Eso es un cincel, si es que yo he visto un cincel. Mi hijo será carpintero como yo".
La señora Comadrona niega con la cabeza. "Parece la cabeza de una cabra. Será pastor".
Inclina el cuenco hacia mí y levantó la cabeza.
"Es una estrella", digo.
"Una estrella", suspira José.

La señora Comadrona murmura una oración y me da palmaditas en la cara con su mano ensangrentada. Siento su huella pegajosa en mi mejilla. Rosa, Mimosa y la tía Patina ayudan a la anciana a ponerse de pie, desencogiendo sus rodillas crujientes. Las piedras de los bebés se mueven en sus bolsillos.
"Págueme ahora", dice. "Debo ir al río a buscar una piedra especial para José".
Miguel Svendik desliza varias monedas en su mano manchada. Luego se arrodilla a mi lado y deposita a José sobre mi pecho húmedo. El corazón de pajarillo de mi hijito late fuera de mí. Su piel es más suave que el aire cálido. No puedo sentirla con las yemas de los dedos. Mi pequeño hijo, ¿qué es sino un trozo de carne abrazando un alma?

"¿Ves?" dice Miguel Svendik. "Hacer el amor todas las noches no hizo ningún daño. Hicimos un niño perfecto. Mira el tamaño de sus bolas".
"Sujeta bien a nuestro precioso hijo", dice Miguel. "Te llevo a casa".
Envuelvo los brazos alrededor de José mientras Miguel nos levanta a los dos contra su pecho desnudo y nos lleva por el pasillo.

Me adormece el suave ronquido de José. Sus diminutos dedos se cierran y se abren sobre mi pecho. Soy su cielo azul. Él es mi pequeña araña tejiendo su irrompible tela de seda sobre mi corazón.

CAPÍTULO VEINTE

El grito de José me despierta.
Miguel aparta una suave capa de mosquitera alrededor de la cama de dosel. La señora Comadrona está detrás de él sosteniendo los pulmones que me despertaron.
"Tortugina", dice Miguel, "tu hijo te necesita".
La voz musical de José, que ha flotado en silencio desde mi vientre durante nueve meses, suena ahora como un cuervo herido.
"¡Aliméntame! ¡Aliméntame!"

Es bien sabido que los recién nacidos no necesitan comer. A las madres primerizas se les concede un día de respiro antes de que las ordeñen en seco por el resto de sus vidas.

La cara de cigüeña de la señora Comadrona asoma por la mosquitera. Su sonrisa no tiene casi dientes en la parte de arriba ni muchos más en la de abajo. Desenvuelve a José de su rebozo ensangrentado y pone al gritón sobre mi pecho.
"José, no seas tan bebé", digo.
"¡Aliméntame, aliméntame, aliméntame!" chilla José.
"¿Qué fue de tu vocabulario?" digo.
"Prima", grita Fecunda. "Métele el pezón en la boca".

Rosa, Mimosa y la tía Patina ríen y beben vino mientras amamantan a sus propios bebés. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaban sentadas conmigo como buenas amigas.
"Gracias, primas, por venir", digo.

Empujo la carita de José hacia el pezón oscuro de mi pecho. Aunque no está hinchado de leche como los pechos de mis primas, él se llena la boca conmigo. El arranque resbaladizo y el tirón de sus encías suaves se acomodan con suavidad en el ritmo de un latido.
José se atraganta con su propia saliva y me suelta. La baba le empapa el diminuto pecho. Sus uñas diminutas e increíblemente afiladas me aprietan el pecho.
"¡LECHE! ¡LECHE! ¡LECHE!"
Miguel se tapa los oídos, pero no hay barrera contra los pulmones de un bebé hambriento.
"¡Haz algo!" grita Miguel.
"José", digo. "Si chupas, vendrá".
José lo intenta de nuevo. La succión de su boca podría arrastrar una silla pesada por la habitación. Me aferro a puñados de sábanas del dolor. Me suelta de nuevo.
"¡LECHE!"

La señora Comadrona posa una mano fresca sobre mi pecho y aparta al pequeño José a un lado. José está indignado.
"¡MÍO!"
Los finos dedos de la anciana me aprietan el pezón con tanta fuerza que el dolor me revuelve el estómago. Pero aun así no hay ni una gota de líquido blanco. La parte superior de su vieja cabeza se inclina, su áspero cabello gris me roza la barbilla. La señora casi desdentada me chupa con tanta fuerza que se me encogen los dedos de los pies.
"¡Ayuda!" grito.
"Chichis secos", dice, lamiéndose los labios. "Iré a ver al Ermitaño".
La vieja señora enrolla un mechón húmedo de mi cabello alrededor de su dedo y cortó un rizo. Desaparece en su bolsa de cuentas. Planta la palma bajo la cara de Miguel.
"Debo pagarle al Ermitaño por su remedio", dice.
"Ni siquiera puedes amamantar sin costarme dinero, Tortugina". Le lanza una moneda de plata a la señora.
Las piernas de cigüeña de la señora Comadrona la llevan hacia la puerta, desde donde contará a todo el mundo lo de mis chichis secos.

"¡LECHE! ¡LECHE! ¡LECHE!" chilla José.
Miguel rasga la mosquitera. Mete su calloso dedo en la boca de José para callarlo. Yo agarré la manga de su camisa.
"Los chichis son como la gente", digo. "Se asustan. Dales más tiempo".
"Su llanto me vuelve loco", dice Miguel. "Si no puedes alimentar a mi hijo, lo hará Fecunda".
"La leche no es la medida de una madre, Tortugina", conforta Gabito mientras se instala a mi lado.
"¿Cuánto tiempo llevas aquí?" digo.
"Nunca me aparté de tu lado", dice.

Fecunda retira su rebozo brillante con diminutas campanillas de plata en el fleco para revelar a la pequeña Pilar mamando de un enorme pecho. Fecunda tiene dos grandes artesas en el pecho con suficiente leche para alimentar a todos los niños, una manada de terneros y a la mayoría de los perros de Las Mujeres.
"Santo Dios, miren eso", dice José.
Alza sus bracitos hacia los enormes pechos chorreantes de Fecunda. "¡Llévame!" chilla. Sus dedos se abren hacia sus pechos.
"Esto es demasiado ruido", dice Miguel. "Enséñale a esta mujer mía a ser madre, Fecunda. Yo estaré en el patio trasero plantando la placenta de José bajo el árbol de higuera".

Fecunda se regodea mientras se sienta en la cama con Pilar mamando suavemente de un pecho. La recién nacida de piel clara de Fecunda tiene un cuerpo tan rígido como una tabla de planchar. Pilar suelta un eructo de adulto.
Fecunda acomoda a José junto a su pecho libre. José la agarra, chupa y hoza.
"Con calma, José", digo. "¡Solo eres un invitado!"
José llora lágrimas de alivio con la abundante leche cálida que se derrama en su boca. Pilar toma pequeños sorbos delicados. Las mejillas de José se hinchan como cocos mientras traga grandes tragos. Mientras mira hacia abajo a José consumiéndola a grandes sorbos, Fecunda niega con la cabeza.
"Tu niño es un comilón", dice.
José la deja seca mientras Pilar sigue mamando delicadamente del otro pecho a medio llenar.

"Tortugina", dice Gabito, "¡mira lo que hizo nuestro hijo!"
"¿No se supone que hagan eso?" pregunto.
Fecunda recoge su pecho vacío y lo agita como una loncha de jamón.
"Después de ocho hijos", dice, "nunca había visto semejante apetito".
"¡MÁS LECHE!" llora José.
Planta sus diminutos pies contra la gordura de Fecunda y se abalanza sobre Pilar en el otro pecho. Pilar le escupe leche para defender su territorio.
Fecunda levanta a José y lo deja caer sobre mi pecho, mojado y jadeante del corto vuelo. Su boca se abre y se cierra, recordándo al perca del señor Domingo privado del mar.
"Ese menesteroso necesita otro pecho", dice Fecunda, "y no va a ser el mío".

La cama sube unos centímetros cuando Fecunda se pone de pie.
"¡Aquí estamos!" dicen Rosa, Mimosa y la tía Patina, empujándose hacia la cama con sus nuevos bebés. Los infantes quedan aplastados entre rollitos de grasa de prima mientras las mujeres se intercambian los lugares.

Rosa pone a la pequeña Rosita en la cama. Abre su blusa y saca un pecho envidiable. Tiene pequeños pezones morados con forma de hojas de lirio. Sus mejillas, cubiertas de colorete de carrito ambulante, se curvan en una amplia sonrisa cuando José se estira hacia ella.
"Normalmente hace falta una canción de cuna por pecho para que Rosita se quede dormida", dice.
Empieza una canción de cuna, pero José deja a Rosa completamente vacía tan rápido que no le queda ninguna canción en los ojos. Los párpados verdes pintados de Rosa derraman lágrimas sobre la cabeza de José.
"Miren qué feo me ha dejado el pequeño monstruo", dice Rosa.
"Con este apetito", dice Fecunda, "en una semana estará tan gordo que habrá que ponerle un mantel de pañal".

Las mujeres ríen todas. Mimosa, con su bebé patizambo, Poncho, toma su turno y queda chupada como un calcetín mojado. Con la contribución de la tía Patina desde su pecho multicolor, la barriguita de José alcanza por fin el volumen máximo. Se queda dormido con burbujas blancas secándose en su boca abierta, roncando como un perro viejo.

Las mujeres pasan la botella de vino para reponerse. Rosa está más borracha que las demás y golpea la botella contra la mesita de noche.
"¿Vemos qué tiene de recomendable este pequeño monstruo?" dice Rosa.
Le desabrocha el pañal a José. Cuando dobla las solapas, las primas silban.
"Ay, será muy popular con las mujeres", dice Rosa, lamiéndose los labios de vino.
"Bolas como un durazno maduro", dice Mimosa.
Fecunda le jala el pene a José, estirándolo a todo lo que da. José se despierta con una sonrisa de gorjeo satisfecho y vuelve a su sueño.
Gabito, que ha permanecido callado durante todo esto, hace una mueca.
"¡Tortugina, no es un juguete! ¡Respeten el pene de mi hijo!"
Aparto la mano de Fecunda de José.
"¿Qué le están haciendo a mi hijo?" digo.
"Un hombre necesita toda la ayuda que pueda conseguir", dice Fecunda. "Debes hacer esto por él. Es nuestro regalo a las hijas de Las Mujeres".
El pequeño miembro de José apunta recto hacia arriba como un voto.
"Cuando los niños crecen", dice Mimosa, "se atan piedras para alargarse de cara al matrimonio".
"¡Yo nunca hice tal cosa!" dice Gabito.

Dormido, José orina contra las papadas de Fecunda. Las mujeres ríen mientras ella se limpia con un pañal limpio. Envuelven a sus bebés en silencio para no despertar a José y sus apetitos. Fecunda con Pilar, Rosa y la gorda Rosita, Mimosa con el patizambo Poncho, la tía Patina y Gloria de los ojos grises desaparecen por la puerta.

Un aroma se eleva de José, como si hubiera sido guardado por separado en queso suave. Sus pequeños labios contra mi pecho despiertan un placer tan silencioso que nunca quiero apartarme del calor de esta posición. ¿Es posible que yo, Tortugina, pueda distraerme de mi sueño de ser buceadora por esta maravillosa criatura? Gabito nos rodea a los dos con sus brazos mientras nos acurrucamos entre las sábanas, y casi parece posible.

Una brisa del aroma enredado del jardín flota por la ventana. Beso la coronilla de José, levemente cubierta de cabello castaño dorado. Mi boca encaja sobre su diminuto puño. Le cuento los dedos con la lengua. Gorjea y sonríe con un pequeño suspiro.
"Ooh, mamá", dice José. "Hasta ahora, estoy muy complacido con la vida".

José es feliz.
Estoy agotada.
"¿Qué sabes tú de la vida, José?" digo. "Mamar del pecho de las mujeres, la sensación del sexo".
José eructa. "¿Hay más?"

Mientras mi pequeño José esté en los brazos de una mujer, estará contento.
Cierro los ojos y estoy dentro de su sueño de bebé. Flota en los brazos de una mujer. Su vasto rostro que es el mío lo mira desde arriba, y él me mira y ve un paisaje humano. Nubes de cabello negro sobre suaves hombros de duna, mi sonrisa, más larga que una línea de costa. Tengo dientes blancos como acantilados y mis fosas nasales son cuevas marinas. Abre una puerta con bisagras en mi vientre y entra.

Algún día José tendrá su propio bigote, y ¿cuál será mi compensación, mi premio, por cargar con la tiranía que el amarlo tendrá sobre mi vida?

A medida que el mundo envejece sin hacerse más sabio,
marchando al compás de la misma melodía arruinada,
¿qué podemos hacer sino bailar juntos
y repetir la insensatez del amor?

Continuará


**************

Jan Baross es una novelista galardonada, cineasta documental, fotógrafa, guionista, libretista, crítica de cine y fue profesora de realización cinematográfica en Oregon State University. "Jose Builds a Woman", su novela debut publicada por Ooligan Press hace veinte años, en 2006, recibió el primer lugar en ficción. Ursula Le Guin le dio su aprobación.

Baross vive seis meses al año en Portland, Oregon y en SMA, donde le encanta diseñar carteles para el Annual San Miguel Playwrights Winter Showcase. Libros y Audible en Amazon. Películas en YouTube.

www.janbaross.com

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